Hace más de dos milenios, Aristóteles estudió las nubes y escribió un tratado en el que hablaba de la importancia que tienen en el ciclo del agua.

 

Hoy en día, para predecir el tiempo, debemos entender las nubes. Por ello, la Organización Meteorológica Mundial ha publicado el primer atlas digital que combina la tradición del siglo XIX con la tecnología del siglo XXI.

 

En el atlas se pueden ver cientos de imágenes enviadas por meteorólogos, fotógrafos y amantes de las nubes de todo el mundo, y también hay un espacio dedicado a otros otros fenómenos como el arcoiris, los relámpagos y los truenos, los remolinos de nieve o el granizo.

 

Los expertos aseguran que a lo largo de los siglos pocos fenómenos naturales han inspirado tanto el pensamiento científico y la reflexión artística como las nubes.

El sistema internacional actual de clasificación de nubes se remonta a 1803, cuando el meteorólogo aficionado Luc Howard escribió el libro The Modifications of Clouds. Existen diez géneros de nubes, que describen en qué parte del cielo se forman y su apariencia aproximada.

Las nubes altas suelen formarse por encima de los 5 000 metros; las nubes medias se suelen formar entre los 2.000 y los 7.000 metros; y las nubes bajas suelen formarse a una altura máxima de 2.000 metros.

atlas de nubes

La mayoría de los nombres de nubes contienen prefijos y sufijos latinos que, al combinarse, dan una indicación del tipo de nube.

  • Alto: nivel medio (aunque altus significa alto en latín)

  • Cirrus/cirro: plumoso, fleco

  • Cumulus/cúmulo: montón, colmo

  • Nimbus/nimbo: portador de lluvia

  • Stratus/strato: alargado, allanado y nivelado

Cada uno de los géneros de nubes se dividen en especies, que describen la forma y la estructura interna, y en variedades, que describen la transparencia y la distribución de las nubes. En total hay unas 100 combinaciones.

El Atlas Internacional de Nubes es una buena herramienta para los profesionales que trabajan en servicios meteorológicos y en sectores como la aviación y el transporte marítimo, así como todas aquellas personas que no tengan miedo a aprender.

 

Texto tomado de Señorita Ciencia, consultas en: www.srtaciencia.com

Estos aparatos prometen controlar las nubes, un sueño de los humanos aún lejos de la realidad

Cuidar la siembra de fenómenos naturales, es una de las principales preocupaciones de los agricultores. Son situaciones que no siempre se pueden predecir y por ello, se han buscado diversas alternativas para proteger la cosecha, aunque no siempre son las más adecuadas y eficientes. Un ejemplo de ello son los cañones antigranizo creados con el fin de que el granizo se convierta en una simple lluvia.

Los cañones antigranizo han sido utilizados por los agricultores para prevenir las lluvias acompañadas de piedras de hielo que pudieran dañar las cosechas; sin embargo, la utilidad de éstos ha sido muy cuestionada pues no está científicamente comprobado que en realidad logren su objetivo.

Pensar que los cañones antigranizo realmente sirvan para detener grandes precipitaciones es un mito, un acto de fe, señala Fernando García García, investigador del Centro de Ciencias de la Atmósfera de la UNAM. De hecho, hay quienes se oponen a que se sigan usando, tal es el caso de los académicos de la Universidad de Guadalajara y de San Luis Potosí; en  Chihuahua, ya se convencieron de que no son viables.

¿Cómo funcionan estos cañones? A finales del siglo XIX, en Austria, un científico italiano de apellido Combicci emitió la primera hipótesis de que las partículas de humo proyectadas por los Generadores de Ondas Ionizantes podrían servir de núcleo de condensación de nube para formar gotitas. Pero no sólo en ese país existía esa suposición. En varias partes del mundo se dio el auge de los cañones.

Un poco de historia

Por aquellos días, en Estados Unidos hubo quienes hacían experimentos con los cañones; utilizaban pólvora y nitroglicerina con el fin de modificar el proceso de desarrollo y la formación de partículas de la nube.

Según el científico italiano, la hipótesis era válida. Al llevar a cabo este procedimiento la lluvia aumentaba y disminuía el granizo; aunque la base científica no tiene un fundamento sólido, se sabe que el granizo que se funde en el camino produce lluvia.

Para 1900 se introdujo el cañón que en lugar de pólvora usaba acetileno, sustancia que hasta hoy se sigue usando; se trata de un gas compuesto por Carbono e Hidrógeno un poco más liviano que el aire y que genera una gran y estruendosa explosión, que produce ondas que se creía que llegaban hasta las nubes.

A principios del siglo XX existían alrededor de 60 modelos diferentes de cañones antigranizo, aún cuando su eficacia no estaba confirmada. Su comercialización se volvió toda una industria, incluso, se organizaron congresos y conferencias con fabricantes y científicos en torno a este instrumento. Ahí se trató de mejorar las técnicas implementadas y se discutía si era mejor usar pólvora, glicerina o acetileno.

Tecnología no aprobada

Los europeos fueron los primeros en implementar los cañones para que la lluvia no dañara las cosechas, y su experiencia arrojó como resultado el uso generalizado de una tecnología no probada científicamente para resolver el problema, además de un entusiasmo inicial, un gran oportunismo, desilusión y, por supuesto, el cuestionamiento científico ante la falta de resultados concluyentes y definitivos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la idea de los cañones antigranizo vuelve a surgir. En años recientes, en regiones como España, Vermont, Nebraska, Argentina, este instrumento ha sido nuevamente empleado. En México, se han comercializado desde los años sesenta.

La conclusión es que no hay evidencia de que funcionen. Incluso, los resultados de experimentos planeados y realizados en Suiza en la década de 1980 -con rigor científico y utilizando técnicas modernas de siembra de nubes-, indican que estadísticamente existe la posibilidad de que la incidencia de granizo disminuya sólo en un 35 por ciento de los casos, en tanto que la probabilidad de que se genere más granizo de lo normal es de 65 por ciento.

 

Texto tomado de "Ciencia UNAM" consultas en: http://ciencia.unam.mx

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